Robert Redford, más arte que físico

(Via ►http://www.abc.es)

Robert Redford, más arte que físico

La estrella de Hollywood cumple 75 años plenos de seducción y mejor dirección

Día 18/08/2011 – 10.28h

Tranquilidad entre las féminas, que ya se las imagina uno con el tridente en la mano y sangre en la mirada. Que guapo es (bueno, más atractivo que otra cosa), pero es que arte tiene mucho. Las mujeres, que tanto hablan de la belleza interior (la gran mentira que nos dejaron Sartre y el 68), deberían ver a Robert Redford, el gran seductor, con ojos interiores, porque su belleza está mucho más en su alma, artística cien por cien, que en su mirada azul, que de esas hay muchas, y la mayoría vacías.

Robert Redford ha cumplido 75 años y en su larga trayectoria ha conseguido medio ocultar su físico en toneladas de sentimientos mucho más valiosos que su fachada. En realidad, Redford tiene algo de quimera: no llega al 1,80 (se especula entre el 1,75 de su ficha IMDb y el 1,78 que tendría con zancos), siempre ha tenido paperas y además compitió en el tiempo con el más grande en ese aspecto: Paul Newman, que no tiene ni tendrá parangón. Al respecto, Newman es a Redford lo que Jagger a McCartney: barrida a favor de la piedra rodada. Redford nunca alcanzó a Newman: destrozo en «Dos hombres y un destino» (ambos eclipsados a su vez por la gran Katharine Ross) y más roto aún en «El golpe», cuando Paul maduraba y se hacía más y más actor.

Del viejo mundo

Pero mientras Paul se embellecía por fuera, Robert lo hacía por dentro. Redford venía de una familia de origen irlandés-escocés (tela marinera) y, según dice él mismo, «vinieron del viejo mundo y trajeron consigo el amor por las palabras y el placer de contar historias, pero también trajeron un absoluto rechazo para afrontar la adversidad». Redford venció lo segundo para aplicar lo primero, asuntos que muchas veces solían ir encadenados. Con ese tesoro interno, encontró su camino. Comprometido con la verdad y con el arte ético por encima de todo, buscó en la dirección su vehículo para contar historias, y lo hizo con el alma que heredó de sus padres.

Redford es muy convincente como actor (más de lo que el pueblo llano piensa), pero lo es mucho más como director porque tiene la sensibilidad a flor de piel y, sobre todo, sabe transmitirla. Así ganó un Oscar («Gente corriente»), aunque ese pasara por ser uno de los más injustos de la historia. Empero, con independencia de los trofeos, narra relatos con una facilidad y emoción que habla mucho de su alma más interna, íntimamente ligada al ser humano.

Además, nos dejará un legado impagable como es el Festival de Sundance, un derivado del instituto del mismo nombre (sacado de su personaje en «Dos hombres y un destino», Sundance Kid), donde se exponen los trabajos de los estudiantes. En dicho instituto se subvenciona a las nuevas promesas con todos los gastos pagados durante cuatro semanas, proporcionándoles profesores, material técnico y el asesoramiento de los grandes profesionales. Sin Redford no se entiende el cine independiente de Norteamérica.

Así pues, su vertiente artística es muy superior a la seductora. De hecho, se dice que su mujer de siempre, Lola Van Wagenen, acabó traicionándole con Dustin Hoffman (hay que echarle valor), y que Debra Winger le dejó por Timothy Hutton. Pero, eso sí, se ligó a Kristin Scott Thomas, y ahí, amigo, touché. Eso sí que duele…

Una discreta vida sentimental

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